Maldita empatía
Miles de personas siguen huyendo de sus casas porque sus países se han convertido en lugares inhabitables. Mientras tanto, Europa sigue haciendo oídos sordos.
En la actualidad no resulta nada extraño encontrar noticias de conflictos armados activos como Siria o Afganistán. De hecho tristemente estos países son de los más populares en los informativos, de forma que ya no nos escandaliza el hecho de que muera cierta cantidad de personas en una semana o día concreto. Se ha convertido en algo completamente cotidiano. Pero, ¿y triste? ¿No es algo triste?
No. No resulta triste, ni nada similar. Somos una sociedad que ha normalizado el sufrimiento ajeno siempre que no afecte a nuestra estabilidad socio-económica. Nos sentimos mejor si no miramos lo que ocurre más allá de nuestras fronteras. Es simple: si no lo vemos, no existe.
En Sudán del Sur se encuentra el conflicto que más víctimas mortales ha causado durante el siglo XXI: 385.000 muertos según Polynational War Memorial.
En Uganda el campo de refugiados de Imvepi prácticamente se ha transformado en una ciudad de la que ya forman parte 95.000 personas y a la que cada día llegan 600 huyendo de la guerra civil de Sudán del Sur.
En Siria, antes de la guerra que comenzó en 2011, vivían 20 millones de personas. De estas, más de 278.000 han fallecido, 6 millones han huido del país y 7 millones se han desplazado dentro del mismo.
Afganistán se encuentra en guerra desde 2001 y la cifra de víctimas supera los 130.000.
México se encuentra en declarada guerra abierta contra el narcotráfico desde 2004 y superan los 100.000 muertos.
Según el Comisionado de Derechos Humanos de las Naciones Unidas el gobierno de Birmania está llevando a cabo una "limpieza étnica" contra los rohingyas, e incluso se habla de crímenes de guerra de su propio ejército.
Y así podríamos seguir enumerando los casos de Turquía, Yemen, la República Democrática del Congo, Nigeria... Todos son países azotados por la violencia y el egoísmo de terceros que intervienen en conflictos por intereses propios y que en muchas ocasiones acaban agravando los problemas. Es decir, países como Rusia o Estados Unidos, entre otros.
Pero no solo aquí radica el problema. Existe una doble moral un tanto curiosa. ¿Qué ocurre con todos estos países que niegan la entrada a los refugiados y migrantes?
Un informe publicado por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) en marzo de 2019 señala a Estados Unidos como país líder en la exportación mundial de armas, y Arabia Saudí como su principal comprador.
En segundo lugar de dicho informe encontramos a Rusia, seguido de Francia y Alemania, países que además aumentaron sus ventas en este último año.
En el sexto puesto se encuentra China, y para sorpresa (o no) de muchos, España ocupa el séptimo lugar de esta honorable lista. Y entre nuestros compradores se encuentran casi todos los países en conflicto.
El mercado armamentístico supone para nuestro país más de 161 millones de euros. A costa del sufrimiento de otros. Y lo peor de todo es que hay más de un sabio que se digna a decir que debemos de cerrar las puertas a los refugiados porque vienen a invadirnos y no caben todos. Porque primero están los nuestros. Porque mis hijos valen más que los tuyos. ¿Y cuál es nuestro mayor mérito? ¿Qué nos da más derecho que a otros?
Nacer aquí. Ese es nuestro triste mérito. El gran logro es tan solo un golpe de suerte.
Y mientras miles de personas se lanzan al mar en pateras o intentan cruzar las fronteras a pie, nosotros desde nuestros sillones nos atrevemos a juzgarlos, a decir que vienen a quitarnos el trabajo. A señalar que traen móviles o que vienen con menores porque así no pueden echarlos. No nos paramos a pensar en el nivel de desesperación al que tiene que llegar una persona para renunciar a toda su vida, a su casa, y comenzar un viaje que no saben ni dónde ni cuándo acabará, ni siquiera si llegarán a acabarlo.
Estamos ante una gran desgracia ajena que vemos como amenaza. Por lo visto resulta muy difícil ponerse en el lugar del otro. No somos capaces de imaginar qué haríamos nosotros por los nuestros si nos viéramos en la misma situación. Si bombardeasen nuestra ciudad día sí y día también, si viviéramos en constante sensación de peligro y miedo.
Dudo mucho de que todos los que se quejan no cogerían sus cosas y huirían con sus familias en busca de un lugar seguro, un sitio en el que poder vivir como fuera.
Pero no lo vemos así, porque es más fácil no verlo. Y seguimos quejándonos, y convirtiendo nuestra humanidad en algo inhumano. Olvidando que esos que huyen también son personas, que no tienen culpa de nada de lo que ocurre en sus países, que han sufrido más de lo que nadie merece, que tienen los mismos derechos que nosotros a vivir en paz. O al menos, a vivir.



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